viernes, 9 de noviembre de 2012

Un microrrelato de Fernando Iwasaki

PETER PAN

Cada vez que hay luna llena yo cierro las ventanas de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá de Salazar.
Todos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos, menos mi padre que insiste en que él sólo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me enseñó su cuchillo, todo manchado con sangre de leopardo.
A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre.
Un día se quedó frito leyendo el periódico y lo vi todo flaco y largo sobre el sofá, con sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la ventana entraban la luz de la luna y los aullidos del papá de Mendoza, pero mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez, porque ahora soy el hijo del Capitán Garfio.

FERNANDO IWASAKI


jueves, 1 de noviembre de 2012

Un poema de Peces transparentes

ESPERANZA

La esperanza tiene un aroma a café
recién tostado.

Tiene el tacto de un echarpe de mohair
sobre la espalda desnuda
unos segundos antes de apreciar
que su elegancia acogedora
no basta para descabalgar el frío.

La esperanza
es un sobre cerrado de cromos repetidos.

Una calle en verano repleta de terrazas
donde sólo se sirve
agua del tiempo.

La esperanza te deja los pies fríos,
como las botas de goma
con dibujos
que llevaba al colegio
las mañanas de invierno en que llovía.




martes, 30 de octubre de 2012

Un poema de Jacob Iglesias


5 DE SEPTIEMBRE DE 2008

Catorce años después,
cuanto queda de mi padre es una sucesión
de imágenes
inconexas, y cada vez más huecos,
y algunos recuerdos minuciosos,
sobre todo de aquellos últimos meses.
Me ha costado todos estos años aprender
que cuando la memoria se convierte
en un rastro que conduce a ninguna parte,
sólo puede aliviarnos
esta liturgia de acercarnos al cementerio,
limpiar de tierra y excrementos de pájaro
la lápida, maldecir que haya más líquenes
en la inscripción y arrancar los hierbajos
que han ido creciendo.
Atar luego a la cruz unas flores de plástico
y dejar tumbado en la tierra
un ramo de claveles. Y rezar,
sin devoción, pero por si acaso,
un padrenuestro
por la vida eterna en que él confiaba.

JACOB IGLESIAS


sábado, 27 de octubre de 2012

Un poema de David Hernández sevillano

PUEBLO CASTELLANO

La torre de la iglesia como el mástil
erguido de un velero
despuntaba en un mar de sementeras.
A su abrigaño el pueblo sesteaba.
Enfermaron de frío las palabras
y los sueños. Sólo de alguna débil,
escasa chimenea ascendía
un reguero de humo perezoso
como un recuerdo lento.

Ella reconoció
el roce de febrero en los pulmones.
Llegó de abotonar
los surcos de un pasado fronterizo.
Con sus pasos azules
zigzagueó las calles polvorientas,
se sentó junto al tronco de la olma
y acarició la tierra con sus manos.

No sé qué pasa con el sol de invierno
que abre zanjas de risa en el vacío
y le pone corchetes al silencio.

Un viento suplicante, igual que una
torpe interrogación, serpenteaba,

¿qué quedará de ti cuando hayan vuelto
a sus escaramuzas los vencejos?

Silva el agua lejana de la acequia.
En su lecho de musgo el pueblo duerme.
Ella lo ve y sonríe,
como en todas las cosas de la vida
a fuerza de pasar el tiempo tuvo
una vaga intuición:
que el mundo no terminará en nosotros.

Ella cerró los labios
para que el sueño todo le cupiera.

DAVID HERNÁNDEZ SEVILLANO


miércoles, 24 de octubre de 2012

Un poema de Alejandra Pizarnik

A LA ESPERA DE LA OSCURIDAD

Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.

Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.

Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos

ALEJANDRA PIZARNIK


lunes, 22 de octubre de 2012

Un poema de José Emilio Pacheco

A QUIEN PUEDA INTERESAR

Que otros hagan aún
el gran poema
los libros unitarios
las rotundas
obras que sean espejo
de armonía

A mí sólo me importa
el testimonio
del momento que pasa
las palabras
que dicta en su fluir
el tiempo en vuelo

La poesía que busco
es como un diario
en donde no hay proyecto ni medida

JOSÉ EMILIO PACHECO




sábado, 20 de octubre de 2012

Un poema de Juan Carlos Mestre

MONEDAS SECRETAS

Me metí en la cama con los bolsillos llenos de monedas.
Nunca se sabe. Un divorcio entre conserjes
la pastoral de los amantes a la luz de las velas.
Con una simple moneda le tapas la boca
a cualquier pesadilla. Cualquier lunático
a ciento cincuenta por las barandillas del inframundo.
Una golfa maravillosa que orina gasolina
bajo los cipreses de lo improbable.
Andar en la oscuridad con los bolsillos pelados
atrae a los francotiradores como si fueses una lata de cerveza.
Es más recomendable andar sonriente que decapitado
según un no tan viejo proverbio chino.
De hecho, todo lo que uno no ha querido ser
se cumple de pe a pa en el túnel del sueño.
Aparecen gánsteres, esos bastardos bien afeitados
en cualquier callejón te perforan la gabardina.
Nada más desagradable que despertar hecho un colador
de tallarines, el bochorno de los peones con sombrero
de copa colocando azulejos, la minuta de la funeraria.
Nada mejor que unas monedas por si el domador de las moscas
te echa el guante para girar en el vacío. Un camarote
barato, la oportunidad de tu vida con una arandela en ombligo.
Y qué me dices si llegan los ovnis. Nunca se sabe.

JUAN CARLOS MESTRE